02
Jul

Salvavidas

Estoy en un tren y llevo un regalo sobre las rodillas. La típica imagen de un regalo, ya sabes, una caja cúbica envuelta en papel de colores chillones y rematada con un lacito. Además, voy de traje. Y vale, soy yo quién está en el vagón vestido de pingüino y soy yo a quien le sudan las manos pero podrías ser tú. Sólo necesitarías estar bastante hasta los huevos y que en tu barrio hubiera una droguería, una ferretería. Quizá una tienda de productos de bellas artes. Porque cualquier día puedes encontrarte en el buzón un sobre de papel grueso. Con tu nombre escrito con tinta plateada o dorada. Dentro hay una invitación. Un par de años después de Todo te está invitando a su boda. Se ruega confirmación, dice al pie del tarjetón. Así que después de pensarlo durante unos días decides que lo mejor es asistir. No sabes si seguirá teniendo el mismo número, pero le envías un mensaje al móvil. Felicidades, me alegro mucho por ti, allí estaré. Alguna mentira por el estilo. Y ya sólo te queda comprarle un regalo. Buscas en Internet. Y, claro, acabas optando por un reloj-despertador. Según la red de redes es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Lo ideal.

 

La “termita” es una mezcla de combustible oxidante capaz de generar temperaturas cuasinucleares. 2.200 º, más de la mitad del calor que origina una bomba atómica. Y te asombra cómo has podido vivir todo este tiempo sin tal información. Pero lo más increíble es lo fácil que es de fabricar. Fight Club tenía razón.

 

Por eso en el tren no estás tranquilo. Tienes prisa y también ganas de vomitar. Te gustaría que todo hubiera pasado ya. No entiendes por qué coño le ha dado por casarse en una pequeña ciudad a trescientos kilómetros de la que creías que era la vuestra. En realidad, no entiendes por qué coño le ha dado por casarse. El caso es que llevas ya una hora de trayecto pero aún faltan un par más. Esto no es la Alta Velocidad. Esto es uno de esos viejos cacharros demasiado ruidosos que paran en cada pueblo por el que pasan. Y durante un momento te asusta la idea de perder la noción del tiempo y cagarla bien cagada. Retiras las manos del regalo. Pero luego miras la hora en el móvil y recobras la calma. Todo va según lo previsto.

 

En la droguería te facilitarán sin hacer preguntas óxido de hierro en polvo y aluminio en polvo. Es importante que lo utilices a partes iguales. Muchas webs recomiendan 10 gramos de cada. Pero más vale asegurarse. Y pones el doble. Remueves con cuidado hasta obtener una textura y color homogéneos. Luego añades un poco de cloruro de potasio y unas gotas de ácido sulfúrico, para potenciar la velocidad ignífuga del compuesto. Y metes el polvo en una caja. Preferiblemente, de cartón. El plástico acumula electricidad estática.

 

El tren se detiene en una ciudad intermedia. Miras por la ventanilla. Una ciudad de mierda, a juzgar por el estado de abandono en que se encuentra el andén. Hay herrumbre en las barandillas y en los bancos. La caseta en la que se compran los billetes tiene las paredes desconchadas. Y piensas Joder, quizá la culpa no sea mía, quizá es que la vida no es gran cosa. Y te dispones a seguir pensando en busca de sucedáneos de legitimidad pero te distrae alguien que se sienta a tu lado. Por el rabillo del ojo y por las fosas nasales concluyes que el sujeto es Mujer Joven. Sientes cierta curiosidad. Lo típico: si estará buena. Pero hay cosas más importantes en las que ocupar la mente y logras mantener la mirada en dirección al decrépito mundo exterior. Lo malo es que no pasan ni tres minutos desde que el tren recupera la marcha hasta que te dice ¿Vas a un entierro? Aun así, sigues sin girarte hacia ella cuando le contestas:

-Llevo traje negro, pero también un regalo; saca tus propias conclusiones.

-No lo digo por el traje. Lo digo por tu cara.

-Ah, vale… Entonces sí, voy a un entierro.

El hecho de estar seguro de que la conversación va a continuar no te ayuda a soportar mejor la voz de tu vecina de asiento. Sigue:

-¿Crees en dios?

-No.

-Mejor.

Luego se calla un minuto, hasta que suelta:

-Yo antes creía en dios. Ya sabes, por esto…

Justo después de esos puntos suspensivos oyes un toc-toc de origen desconocido, pero ni siquiera eso consigue que te vuelvas y mires de una puta vez a la persona que ha decidido joderte un poco más de lo que ya estás. Ella sigue:

-Pero hace tiempo que entendí que lo que de verdad necesito es otro tipo de amor. Algo más de carne y hueso.

-Me alegro de que tengas las cosas claras.

-Hoy empiezo mis vacaciones. Llevo yendo al mismo sitio desde hace cuatro años. Un pueblecito costero. Él está allí, vigilando la costa desde su torre. No es tan espectacular como los vigilantes de la tele. Es un tío normal, pero a mí me gusta.

-Me alegro de que tengas las cosas claras.

-Lo que pasa es que no me hace ni puto caso. Todos los veranos finjo que me ahogo justo delante de él pero nunca viene a rescatarme. Termina acudiendo algún bañista buenapersona que me saca del agua y luego corre hasta la torre de vigilancia para echarle la bronca por no hacer su trabajo. Entonces, delante de mí, él explica a los curiosos que lo que pasa es que estoy loca y que todos los años igual. Eso dice, que estoy loca. Pero yo sé que lo único que explica que no venga a salvarme es esto…

Toc-toc.

En este punto cedes a la curiosidad. La miras y ella te mira directamente a los ojos y luego baja la vista hacia su falda, se la recoge un poco y te muestra su pierna ortopédica. Ella vuelve a mirarte, pero tú sigues clavado a ese pedazo de madera vieja.

Dice:

-Sé que es horrible pero… ¿sabes cuánto cuesta una de esas piernas ultraligeras y estilizadas de fibra de carbono que fabrican ahora? Ni te lo imaginas…

Y dice:

-Por cierto, ¿qué hay dentro de la caja?

 

Lo ideal es que sea un reloj-despertador electrónico. Que lleve un zumbador o un altavoz. Es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Ni siquiera necesitas haber visto Bricomanía. El ferretero de tu barrio te ayudará a continuar el proceso vendiéndote una pequeña bombilla. Pequeñísima. Con 1,5W hay de sobra. La rompes con cuidado de no cargarte el filamento incandescente y la conectas en el lugar del altavoz-zumbador-buzzer, de manera que esté en contacto con la cajita repleta de termita. Vuelves a atornillas el despertador y lo programas. Las diez de la noche es un buen momento para hacer entrega de tu regalo. En pleno banquete.

 

Dices:

-Ni te lo imaginas.

Y dices:

-Aquí no puedo enseñártelo. Vamos.

Dos minutos más tarde estás en el último vagón del convoy, en el WC. Te has olvidado del regalo. Está en el lavamanos, bajo un grifo goteante. Y tú entre las piernas de la chica. O algo parecido, ya me entiendes. Y oyes el toc-toc-toc de su prótesis chocando contra las paredes de PVC del aseo. Que es una pierna Erickson, te comenta mientras os movéis al ritmo del traqueteo del tren. Que la robó en uno de esos sanatorios tétricos donde la gente deja reliquias a cambio de obtener el derecho a un milagro. Que se vendieron millones de unidades durante la II Guerra Mundial y que ya está algo pasada de moda. Pero que da igual porque al fin y al cabo su vigilante particular nunca se fijará en ella.

-A mí me gusta –le dices-. Es raro.

Al acabar te pide que le enseñes el regalo. Cumples tu palabra.

30
Jun

Tarjetas

De repente, me recordó a Patrick Bateman.

Estábamos cenando en un bar. Una cena de amigos de toda la vida, con bocatas, tapas y mucha sangría, así que no había ninguna trascendencia en los temas ni seriedad en las formas.

Hasta que, en cierto momento, nos pidió que le atendiéramos, para lo cual se ayudó de golpear su copa con el tenedor. Cuando se aseguró de que era el centro de nuestras miradas y de nuestros oídos, nos comunicó que le habían ascendido en su empresa. No recuerdo qué cargo nos dijo que ocuparía a partir de entonces, ni siquiera recuerdo si lo hizo. Ahora supongo que no, que seguramente prefería que lo viéramos por escrito, pero la verdad es que no podría asegurar si nos lo dijo o no. Y da igual porque lo fundamental, al menos para mí, lo que llamó poderosamente mi atención, fue que, después de darnos la noticia, se sacara del bolsillo un estuchito plateado, lo abriera y empezara a repartir de mano en mano un ejemplar de su flamante tarjeta personal.

Mientras lo hacía nos contaba los muchos motivos que habían determinado su ascenso, y también los porqués que harían que no tardara mucho en ocupar el puesto de su jefe. Y luego nos habló con gran placer y entusiasmo de tipos de cartón, de tipos de tinta, de tipos de relieve. De dimensiones, de formatos y de precios. Mencionó las tiendas de ésta y otras ciudades especializadas en la materia. Y, claro, me recordó a Patrick… Por eso y por la gomina en su pelo repeinado hacia atrás, el afeitado perfecto que enmarcaba su sonrisa resplandeciente, y la pulcritud de su ropa y sus zapatos. Sus uñas.

Estaba claro que era un producto. Todo en su aspecto estaba estudiado para contribuir a su éxito social. Creo que desde el momento en que decidió hacerse un taco de tarjetas, incluso su nombre era su nombre porque estaba impreso en papel de alta calidad. Su imagen constituía su identidad. Y sí, ya sé que eso está a la orden del día en nuestros tiempos, pero el modo rimbombante en que reclamó nuestra atención, la manera en que hablaba de lo importante que su trabajo era para su empresa y el cuidado con que manejaba aquella cajita entre sus dedos, dedos de oficinista, al fin y al cabo… todo eso me sobrecogió.

Me pregunté cómo se vería toda esa parafernalia recubierta de sangre. Porque no me cupo duda de que tarde o temprano cualquier motivo sería bueno para iniciar la carnicería. Que su mujer ganara más pasta que él, que no acabara de llegar el momento en que su jefe se jubilara. Que dentro de unos años, cuando su hijo/-a fuera a un colegio de pago, alguno de sus amigos llevara unas zapatillas más caras. Así que pensé sin querer en un montón de cosas. Un oso de peluche, ensangrentado, deshilachado, con los ojos vidriosos y saltones mirando sin ver. Y en corbatas de trescientos euros manchadas de rojo y escondidas en bolsas con precinto.

Sí, era evidente que aquel tipo mataría por conservar su estatus. Y, seguramente, por elevarlo. Aparté de mi mente toda esa mierda y me centré en beber más y más.

En resumidas cuentas, era un motivo tan bueno como cualquier otro.

25
Jun

Avistamientos

Esta ciudad tiene playa. Y allí es donde vamos cada vez que nos odiamos a muerte. Cada vez más a menudo. En ocasiones lo busca uno, en ocasiones lo busca el otro. Pero en realidad hace tiempo que no sería necesario abrir la boca para proponerlo. Ambos sabemos adónde tenemos que dirigirnos para que el milagro perdure un poco más. Así que hacia allí partimos en coche, en bus, a pie. En silencio durante todo el trayecto. Y acabamos sentados hacia el mar, sea la época que sea. Tampoco en la playa hablamos gran cosa. Uno al lado del otro con arena fina entre los dedos de los pies y en la lengua el sabor a pescado muerto que trae el aire salado, simplemente intentamos creer que celebramos un ritual. Algo que nos limpiará la mierda que cada cual acaba de verter sobre su amor. Algo así como una purificación, algo que nos volverá a juntar. Suele funcionar. Al menos, lo parece. Porque cuando regresamos al microclima del centro de la ciudad podemos volver a hablarnos y tocarnos. Hoy es de noche y hay poca gente en la playa. La silueta de un pescador tras una nebulosa de salitre. Un grupo de chavales unos metros a nuestra espalda. Beben alcohol y hablan a gritos, se nota. Sólo se intuye, porque por suerte el viento se lleva sus voces hacia otro lugar. Eso y ella y yo y el frío y la humedad de la arena mojándonos los pantalones. Es todo. Hasta que el resplandor aparece en el cielo. Una luz blanca flotando ahí arriba, inmóvil entre las nubes negras y el agua negra. Casi inmóvil durante demasiados minutos. Le digo Mira, un ovni. Y sí, ella sigue mi índice durante un momento. Pero luego clava los ojos en el polvo y escarba hasta sacar una concha vacía. Sopla en su interior y la costra acumulada en esas entrañas huecas… no sé… puede que durante miles de años… salta por los aires en millones de partículas. Y no necesito buscar su cara para estar seguro de que se dispone a decir algo importante. No pienso consentirlo. No pienso consentirlo porque de pronto mi costado izquierdo se ha transformado en un dolor lento, como el que producen las fracturas mal curadas. Así que le pido que se calle. Pero no obedece y sí, empieza a decir algo muy importante. No pienso consentirlo y sólo se me ocurre interrumpirle sin mirarla, asegurarle que ya nadie nos quitará haber visto juntos un platillo volante sobre el mar de nuestra ciudad. Que con nadie compartirá nada igual. Y de repente la luminaria voladora se me vuelve un destello acuoso, una gota de luz que tiembla y se derrama justo desde el centro de mis pupilas. Entonces el resplandor se perfila con mayor detalle revelando que lo paranormal no es más que un letrero luminoso arrastrado por una avioneta. Y unos segundos después distingo cientos de bombillas atravesando mi campo de visión. Publicidad de Marina d’Or o algo por el estilo. Publicidad para gente que no acaba de perderlo todo. Por suerte ella ya está de espaldas, caminando hacia el asfalto. Ojalá no se vuelva y se explique lo inexplicable. Ojalá se lleve en su mente un ovni. La sensación de que todo es posible. Todavía.

23
Jun

Demasiado cerca

Resulta que vivo en un bloque de nueve pisos muy cerca de la universidad de esta ciudad. Todo estudiantes, todo veinteañeros y treintañeros. Cuando me los cruzo en la escalera parecen felices, con independencia de que estén borrachos o no. La portera no debe de ser mucho mayor, pero su aspecto no es tan risueño. Quizá se deba a que tiene un hijo preadolescente y probablemente no deseado de unos doce o trece y con algún tipo de autismo o algo peor. O puede que la explicación radique en que el chaval mide uno ochenta y pasa de largo los cien kilos. No sé… puede. Puede que tal envergadura haga la situación aún más inmanejable. Entre las nueve de la mañana y las nueve de la noche la mujer está en el portal, fregando los escalones o quejándose por teléfono con voz demasiado audible o limpiando los cristales del cuartucho en el que se mete de rato en rato. Dentro tiene una Singer con la que remienda los rotos de los pantalones de su hijo. Porque a las cinco de la tarde el autobús del centro especial o como se llamen esas escuelas para niños diferentes descarga al chaval en la esquina y todo lo que hace desde entonces hasta que su madre cierra con llave el cuartito es arrastrarse por el gres. Ella no puede levantarlo del suelo así que le repite que se levante y se siente a hacer no sé qué en un cuadernillo. Sin la menor señal de enfado en su tono. Ni de cariño. Pronunciando de la manera en que se habla a un perro que te ha salido un poco difícil. Pero supongo que él no se da por aludido porque jamás le he visto obedecer a una de esas órdenes. Ni siquiera reaccionar física o verbalmente. De hecho, nunca le he oído hablar. Lo único que sale de su boca son babas y sonidos guturales. La portera tiene un novio que va a verla de cuando en cuando. Bastante desagradable. Tiene la frente estrecha y la mandíbula hacia fuera y cuando saluda al chaval lo hace dándole un manotazo en el pescuezo o tirándole de la patilla. Porque el autista no es más que un niño pero ya tiene una barba cerrada. Lo bastante para que su madre tenga que afeitarle cada dos o tres días. En fin, que el novio de la portera es un tipo bastante desagradable pero por algún motivo indescifrable ella se muestra muy cariñosa con él. En varias ocasiones he oído cómo le pedía perdón por su realidad diciendo cosas como No se lo tengas en cuenta, ya sabes que no está muy bien o Qué me vas a contar; me tiene harta. Y luego le da un beso al hombre en sus labios de animal. Él siempre se echa hacia atrás. La otra tarde me decido por fin a poner la lavadora. Luego subo a la azotea a tender mis cosas. Como en cualquier edificio antiguo, la casa de la portera está en el último piso. La puerta está abierta pero no miro al pasar porque la verdad es que me importa una mierda lo que pueda ocurrir dentro. Así que salgo a la azotea y veo un par de sombras proyectadas sobre una sábana blanquísima. Se mueven, como si se abrazaran y se besaran o como si forcejearan, no lo sé. Tampoco salgo de dudas cuando retiro la tela y veo a la portera y a su hijo demasiado cerca de la barandilla y demasiado cerca el uno del otro. Ella me mira con una cara extraña, de circunstancias y de miedo al mismo tiempo. El chaval me mira con la única cara de que es capaz. No digo nada. Vuelvo a refugiarme tras la sábana. Mientras tiendo ellos siguen a lo suyo. Les oigo gemir, respiran profundo. Qué más da, pienso, sólo son dos vidas de mierda.

18
Jun

La vida salvaje

Estaba en el pasillo y un neón parpadeaba en el techo y no pudo evitar pensar que todo tendía a estropearse.

Miraba la tele que había anclada en la pared casi a la altura del techo. Un documental. Animales en su hábitat. Las técnicas de caza de las criaturas salvajes. Su procreación. Su crecimiento. Su muerte anunciada entre las zarpas de otros seres más fuertes. Cosas así. Y el hombre no podía evitar pensar que todo tendía a terminarse. Quizá no en el mundo entero, pero sí en el suyo. Aunque tal vez, por qué no, el mundo entero. La idea no le consoló.

Las últimas visitas salieron de la habitación. Hace un rato habían llegado igual que todos los demás, contentos. Sonriendo y cargados de regalos. Ahora, al salir de la 313, ponían la misma cara que el resto. Un gesto contenido, forzado para permanecer a medio camino entre la tragedia y la comedia. El último en salir de la habitación fue Marcos, su amigo de toda la vida. Fue el único que se le acercó y consiguió mirarle cara a cara, sinceramente, durante unos segundos. Luego le abrazó sin decir nada y se marchó.

El televisor seguía proyectando escenas de violencia animal. Violencia sexual o violencia alimenticia. Daba igual. Supervivencia primaria, al fin y al cabo.

Entonces se levantó y echó a andar hacia las escaleras. A las puertas del hospital se fumó un cigarro. Le habría gustado que estuviera lloviendo, por ejemplo. Que fuera de noche e hiciera frío, por ejemplo. Pero eran las cuatro de la tarde y un sol enorme ardía en el cielo, cegándolo todavía más. Con el cigarro aún entre sus dedos se dirigió de nuevo a la tercera planta. Al fin y al cabo, estaba seguro de que nadie tendría cojones de llamarle la atención. La recorrió varias veces de punta a punta del pasillo. Le sorprendió un poco que en la mayoría de las habitaciones hubiera gente feliz. A él le costaba reunir el valor para entrar en la suya. Cuando lo hizo, ella estaba dormida. Y muy plácidamente. No se agitaba, no sudaba. No había en su expresión el menor atisbo de preocupación. Un hilillo de baba tan transparente y pura como el agua se deslizaba desde la comisura izquierda de sus labios. Y el hombre se estremeció. De repente fue consciente de que nunca antes en su vida había visto nada tan aterrador.

Al poco ya estaba en la calle, llevando en la mano una bolsa de Toys R’ Us en la que alguno de los visitantes de su mujer había guardado un oso de peluche con ojos incomprensiblemente azules.

Una larga fila de alumnos de preescolar salía del zoo justo cuando él estaba sacándose la entrada. Veinte euros. Un poco caro. Pero es que según lo que ponía en el ticket y en los folletos de publicidad y en los mapas que le había dado el tipo de la taquilla aquello no era un zoo. Era un Bioparc, lo que fuera que significara. Así que a lo mejor lo caro de la entrada estaba justificado.

Tenía prisa por ver de cerca a los leones. Y a las hienas. Y a la pantera negra. Pero algo le obligaba a desviar su rumbo en cuanto veía un cartel que indicaba el camino hacia el sector Sabana. Así que pasó un par de horas vagando por el Amazonas, por la Polinesia y por el Acuario Antártico.

Estaban a punto de cerrar cuando al fin se sentó en un banco ante el foso de los leones. Con el sol poniente frente a él tiñéndolo todo de rojo reparó en el cartel. Los carteles. El mismo cartelito de plástico cada cinco de metros: Está prohibido alimentar a los animales. Y la misma idea en su cabeza cada cinco segundos: ojalá fuera una de esas bestias. Un guepardo, un perro salvaje. Algo así. Ojalá no supiera leer ni pensar más allá de la sangre y el instinto.

Por primera vez desde que había salido del hospital se atrevió a palpar la bolsa. Con cuidado. La sopesó. Allí sentado, oyendo rugidos, viendo comillos amarillentos y oliendo el tufo animal, intentó convencerse de que lo que había dentro del plástico no era más que tres kilos de carne fresca, tierna y caliente. Luego introdujo la mano en la bolsa y sacó al bebé. Volvió a comprobar que no se parecía en nada a él. Ni en los ojos, ni en la nariz, ni en la boca. Ni en el color. Era la cría de otro, dormida y venida de algún lugar lejano. Probablemente, de otro continente.

Mientras se acercaba al borde de la parcela con el niño en brazos rezó para que no se despertara. No tenía la menor idea de lo que pasaría por su mente si sus ojos se cruzaban.

Señor, vamos a cerrar, dijo una voz a su espalda. Y los pasos de quien había hablado se alejaron por un camino de grava.

Fue en ese instante cuando los párpados del bebé empezaron a despegarse.

Y el hombre se arrepintió, al menos un rato durante cada uno del resto de sus días, de su decisión.

16
Jun

Esto va fenomenal

Las nueve de cada mañana. El 40 me lleva de casa al trabajo. Un cuarto de hora de trayecto y la ciudad siempre igual. Tienen razón. En alguna ocasión he oído decir que esta ciudad es amarilla y huele a cloaca los días en que sopla en determinada dirección. Eso afirman muchos de los que vienen aquí por primera vez. Pues tienen razón.

Me siento invariablemente en el lado izquierdo del bus. Para reparar lo menos posible en la gente que repta por la calle. Sí, de cuando en cuando se puede ver a una chica guapa. Pero en general sólo es gente vulgar reptando por la calle. Así que me siento del lado de las ventanillas que dan a la calzada y paso quince minutos mirando motores y tubos de escape, metal vibrando. Y hago lo posible por no fijarme en el tufo cetrino del aire. Y todo sería más o menos llevadero si no hubiera tanto gilipollas aburrido.

Porque desde hace dos meses coincido en el autobús con un tipo de ésos que hablan y hablan. De cualquier cosa. No recuerdo exactamente por qué empezó a dirigirme la palabra. Tampoco es un dato relevante. Lo que cuenta es que el tío se sube en la parada siguiente a la mía, me saluda con la mano mientras pica el bonobús y luego avanza hasta ponerse justo a mi lado. Si voy en uno de esos asientos individuales se queda de pie junto a mí, colgado de la barra superior. Si estoy sentado en una zona biplaza y la otra mitad está libre, ahí que coloca su culo y me dice Qué tal al tiempo que me da una palmadita en la rodilla, rollo colegueo, rollo asqueroso. Da igual donde me ponga. El hombre-lapa es mi sombra. Si voy de pie o medio agachado en la parte trasera del vehículo, intentando pasar desapercibido entre los viajeros, él me localiza y viene hasta mí sonriendo, con su eterna bolsa bajo el brazo. Y empieza su cháchara. Hablándome desde demasiado cerca. No le importa que intente poner un poco de espacio entre los dos echándome discretamente hacia atrás. Tampoco se da por aludido si le empujo suavemente. Al día siguiente el cabrón vuelve a violar mi espacio vital, mi oreja vital. Mi cerebro vital. Y así durante sesenta días.

He empleado todas las técnicas socialmente admitidas para que deje de tocarme los cojones.

El primer día le sigo la corriente. Contesto a sus preguntas y apostillo sus estúpidos comentarios como haría cualquier descerebrado de los que pueblan esta puta ciudad. Y cuando bajo del autobús me tranquilizo pensando que habré tenido mala suerte, que hoy me ha tocado la china del tocapelotas de turno pero que mañana haré tranquilo el camino hacia mi curro de mierda.

Pero ya es mañana y se me erizan los pelos cuando lo veo subir al autobús, llegarse hasta mí y saludarme como si fuéramos amigos de toda la vida. Así que decido ponerme borde y no le sigo la charla ni con monosílabos. Miro por la ventana, mordisqueo nervioso la funda del abono-transporte, intento pensar en cosas agradables. Pero el hijoputa no capta el lenguaje no verbal; no calla ni un segundo. Me habla de cosas de las que ni mi madre se atreve a hablarme. No deja de soltar mierda por la boca. Dice que vive pared con pared con un matrimonio octogenario que por las noches no le deja dormir porque ambos están sordos y ponen la tele a todo volumen. Jaja. El otro día llamé a su puerta para pedirle que la rebajaran pero, claro, como están como una tapia, pues no me abrieron. Jeje. Me cuenta que vive con su madre. Está enferma de los nervios. Y además tiene la tensión alta. Desde que murió mi padre soy el único que cuida de ella. No me quejo, ¿eh? Lo pasamos bien… Jugamos al parchís todas las noches. Jiji.

Esa es la clase de mierda que vierte en mis oídos día tras día.

Y no hay solución. No hay manera de deshacerse de él.

Si intento darle esquinazo pillando el bus unos minutos antes o después de lo habitual, se las apaña para subir en el que yo he cogido.

Ya no sé qué hacer.

Por eso ayer, mientras lo tengo a un palmo de mis narices soltándome sandeces –lo caro que se ha puesto el gasoil, y qué me dices de las patatas, y mientras los políticos llenándose los bolsillos…-, me doy cuenta de que tengo muy claro que voy a matarlo. Que mañana sin falta me lo cargo. Y comprendo que debo haber estado acariciando inconscientemente la idea durante mucho tiempo, porque el modus operandi se dibuja en mi mente con absoluta precisión.

Ayer mismo al salir del trabajo me acerco hasta el vertedero de la zona sur y le pido al encargado si podría indicarme donde almacena los plásticos. Más bien, tela plastificada, le aclaro. O lona. Algo así. Voy a pintar en casa y necesito cubrir muebles y suelo. Salgo de allí llevando en brazos veinte kilos de un tejido impermeable que huele a productos químicos. En metros cuadrados, unos sesenta. Y una vez en casa me dedico a forrar de arriba abajo las paredes de mi cuarto. Meto los muebles fáciles de trasladar en otra habitación. Los más grandes, los envuelvo también. El trabajo me ocupa hasta las tres de la madrugada. Gasto todas las chinchetas y grapas que encuentro en los cajones de casa y ya entrada la noche tengo que ir a abastecerme a una tienda de chinos de las que abren hasta las tantas. Pero si mañana todo sale como tiene que salir, habrá valido la pena. Mañana aceptaré su invitación y todos contentos: él experimentará un rato de alegría y yo me libraré de él para siempre.

Y ya es mañana de nuevo. Joder, veo mi reflejo traslúcido en la ventanilla del autobús: soy la viva imagen de la felicidad mientras espero ansioso a que ese cerdo suba en la siguiente parada. Tengo que contenerme un poco. Ahí viene. Lo mismo de siempre. Ya está a mi lado. Ya está hablando. A estas alturas de nuestra curiosa relación ya me lo ha contado todo tres o cuatro veces. Hoy, parece, le toca recordarme que es limpiador en un colegio. Que los niños son unos malos bichos, que lo dejan todo perdido. ¿Sabes? Limpiar los baños de un colegio público –enfatiza en lo de público- es el trabajo más duro que he hecho en mi vida. Yo le contesto. Le digo Sí, ¿en serio?, y procuro recordar cuál es la cara que se pone cuando de verdad te interesa lo que alguien te está contando. Parece que actúo bien porque el pesado se emociona y empieza a darme detalles.

Cuál es el mejor limpiacristales del mercado.

A la larga, los guantes de látex pueden producir eccema y diferentes tipos de dermatitis de contacto.

El Pato WC es insuperable; sus imitaciones marca blanca son más baratas, está claro, pero ni se te ocurra recurrir a ellas si quieres obtener un nivel de higiene óptimo.

Y sí, hoy sí: hoy toda esa mediocridad me parece música celestial porque lo único que veo cada vez que parpadeo es a este tipo, de cuyo nombre ni siquiera me acuerdo, entrando en mi habitación. Cuando abra la puerta se sorprenderá un segundo al ver el cuarto entero forrado de un plástico aislante. Pero no podrá confirmar ninguna de las posibles respuestas que le vengan a la cabeza porque ya se la habré partido con la maza que, de paso, compré anoche en los chinos. Después lo de siempre: serrar, empaquetar y enterrar.

Esta vez, si me pillan, estaré realmente jodido. Por aquello de la presión social. No creo, pero si cuando sea la época algún buscador de setas o de trufas metomentodo se topa con lo que quede del cuerpo y algún poli competente llega hasta mí, la opinión pública hablará de crimen pasional o de crimen homófobo. Tendrán que sacarle punta, porque hoy en día es más condenable matar a un homosexual que matar a un heterosexual. Es el reverso tenebroso de lo políticamente correcto. Así que a todo el mundo se la traerá muy floja que mi explicación sea que lo único que hizo el pobre comosellame fue inundarme el cerebro durante dos meses seguidos con todo tipo de detalles sobre su vida de mierda. No querrán admitir que, sencillamente, ya tenía bastante con lo mío y no podía tolerar que ese tío me contaminara más. Se empeñarán en ver cosas donde no las haya y me entraré en la cárcel con una fama muy poco conveniente. En su imbecilidad, los que crean que fue un asunto pasional verán aumentadas las probabilidades de violarme sin que me defienda. Y los que crean que fue un crimen homófobo y se den por aludidos intentarán rajarme a las primeras de cambio.

Pero no voy a ponerme en el peor de los casos. Hasta ahora siempre me ha salido bien; nadie ha desenterrado nunca una de mis cosas. Y no hay motivo para creer que esta vez surgirán problemas.

Estoy a punto de decirle que acepto lo que me propuso hace unas semanas, que pasemos de ir al trabajo y vayamos a divertirnos a mi casa, cuando el tipo empieza a hablarme de sus sueños. Dice que esto de limpiar letrinas es sólo temporal.

Dice:

Sí, ya son cinco años, pero es sólo temporal.

Y luego tartamudea un poco y dice:

Porque sé que algún día realizaré mi sueño. De hecho, quizá el mes que viene me apunte a una academia. He visto unos folletos sobre unos cursos. No sé si decantarme por el de Técnico Superior en Asesoramiento de Imagen Personal o el de Técnico en Estética Personal Decorativa.

Las ganas de cargármelo se me han ido casi por completo cuando añade:

Ojalá algún día logre maquillar a Sarita, a Conchita, a Marujita.

Un segundo después le vomito encima. Él saca de su bolsa un paquete de hojas de papel absorbente. Extra-absorbente, asegura la etiqueta.

No te preocupes, me dice con una sonrisa, esto va fenomenal. Y me quedo mirando cómo se limpia, con cuidado, sin un mal gesto, toda mi porquería. El mundo fuera y dentro de mí, amarillo y maloliente.

11
Jun

A golpes

Sufro narcolepsia.

Eso es lo que han diagnosticado los médicos que me han visto: Sufre/Padece usted de narcolepsia. Y todos lo dicen con una voz neutra. Hablan de sufrir y padecer sin poner la cara y el tono apropiados. Hablan de ello como se habla del tiempo en un ascensor.

Yo, cuando tengo un día alegre, prefiero pensar que tengo el don de quedarme dormido en cualquier parte. A veces es un regalo desvanecerse, dejar de ver y pensar.

Cuando no estoy optimista, sencillamente asumo que soy un muerto viviente.

Y no está tan mal.

Cuando te desplomas en medio de la calle y tu cabeza choca contra el suelo, la gente se asusta. Hace un ruido bastante impresionante. Se asustan porque son, por ejemplo, las doce del mediodía de un día radiante de primavera y una persona se muere justo delante de sus narices. Se asustan porque piensan automáticamente en infartos, tumores y aneurismas. Y el día ya no es tan perfecto. Ni la primavera. Ni sus mejores planes para hoy. Les has jodido, les has contaminado, les has preocupado. Porque sus cerebros piensan Joder, podría haber sido yo. Y se vuelven responsables en un solo instante. No importa que el médico te diga que debes dejar de fumar, ni que los paquetes de tabaco hablen mal de sí mismos en llamativas letras negras sobre fondo blanco. No hay nada como presenciar la muerte en directo y a tu lado de un desconocido para empezar a cuestionarte tus hábitos de vida. Para hacer propósito de enmienda. Para reformarse.

Supongo que cuando oyes el crac de un cráneo contra el pavimento piensas lo horrible que sería que ese cráneo fuera el tuyo. O el de alguien de quienes te importan.

Así que no está tan mal esto de la narcolepsia. Cumple una función social. Soy algo así como un mesías. Pero no busco reconocimiento, ni agradecimiento, ni altares en mi honor: soy un mesías discreto. Seguiré cayéndome de cabeza en el asfalto, en la grava o en el mármol. Nuevas cicatrices cubrirán las antiguas. Quizá un nuevo golpe en la nariz vuelva a poner en su sitio mi tabique nasal.

Porque si una fractura abierta sirve para que algún testigo casual se convierta en una persona un poco mejor, habrá valido la pena.

Llevo una cámara colgada del cuello. Siempre.

La he forrado de una gruesa capa de goma-espuma. Lo de la goma-espuma lo aprendí de mi madre.

Cuando me despierto en cualquier parte lo primero que hago es comprobar si se ha roto con la caída. Me preocupo mucho por su integridad. Ella es mi único apóstol.

Los ataques de sueño son muy repentinos.

Empiezan con un cosquilleo en las plantas de los pies. Después sientes que las piernas y los brazos te pesan toneladas y tiran de ti hacia el centro de la tierra. Enseguida la vista se te nubla y los oídos te zumban. Y un instante después ya no estás en este mundo. Te has dormido solo en tu casa o te has muerto en plena calle ante decenas de testigos casuales.

Desde que notas el picor en los pies hasta que te duermes o te mueres no deben de pasar más de tres segundos.

Yo ya he aprendido a aprovechar ese tiempo al máximo. Antes de caerme me fijo en los privilegiados que van a tener la suerte de asistir a mi muerte y mi resurrección. Intento determinar cuál de ellos será especialmente iluminado por mi descenso a las tinieblas. Ya casi nunca fallo. Es intuición. Instinto.

Entonces, si aún te quedan fuerzas, es muy importante mirar a esa persona. Y es todavía más importante que esa persona te mire. Que cuando tú te desplomes tenga la certeza absoluta de que su imagen es lo último que has visto antes de morirte.

Se trata de crear un vínculo entre este mundo y el otro.

Para ser exactos, se trata de crear un vínculo entre tu mundo que aparentemente se acaba y el suyo, que tiene la oportunidad de continuar. Y de ser mejor.

Puede que todo sea mentira. Puede que en realidad no te hayas muerto mirándole, pero podría haber sido así. En todo caso, él o ella lo han percibido así. Y hay que aprovechar esa confusión.

Esa persona ve cómo te vas a otro lugar o a ningún sitio. Ve cómo te despides de esto a través de ella.

Y es necesario que sienta muy adentro el peso de esa responsabilidad. Tiene que sentir miedo y alegría al mismo tiempo. Podría haber sido él quien muriera hoy, pero está vivo.

Recuerdo bien el día en que me confirmaron que había sido elegido.

Que yo era el uno entre mil.

Supongo que decir que era una mañana radiante de primavera quedará bien… un contrapunto.

La verdad es que sí, que hacía un bonito día, luminoso, ni frío ni calor, jardines floreciendo, pájaros cantando, gente tomando la primera dosis de sol real después del invierno. Antes de entrar en la consulta me tomé un café en una terraza. Me sentía bien.

Dentro de la consulta, el doctor me dijo que efectivamente, que las pruebas habían confirmado lo que se deducía de los síntomas. Que yo era el uno entre mil.

Llevaba ya un tiempo sintiéndome cansado. Lo atribuía al cansancio rutinario, a que siempre he sido descuidado con mi salud. No me consideraba más enfermo que cualquier otra persona.

Pero el doctor dijo que era algo más serio que todo eso. Pronunció la palabra narcolepsia y automáticamente yo me sentí como un bicho raro. Un espécimen de laboratorio, un caso de documental. Un enfermo.

Y supongo que afuera la mañana siguió siendo objetivamente agradable, pero cuando salí de nuevo a la calle ya no me fijé en eso.

Desde que mi enfermedad fue designada con una palabra técnica, desde que el primero de una larga lista de médicos me entregó un folleto informativo en el que se me daban consejos para llevar una vida lo más normal posible, fue como si todo ese cansancio que llevaba soportando más o menos bien se elevara a la enésima potencia. Me hundí en la butaca de piel. Incluso una enfermera tuvo que acompañarme a la calle.

Los meses siguientes los pasé encerrado, durmiendo casi todo el tiempo, claro.

Existen muchos tipos de narcolepsia.

El mío se caracteriza por lo súbito de los ataques.

Otras personas, en cambio, viven en un estado constante de somnolencia. No llegan a perder por completo el control de su sistema nervioso. Pero tampoco están nunca absolutamente despiertos. No pueden concentrarse del todo pero nunca están del todo ausentes. Tengo entendido que es como vivir en una nube. Si existe un punto en el que conviven el sueño y la vigilia, ahí es donde estos tipos pasan su tiempo. Es como estar siempre colocado, escuché decir a alguien una vez. Y lo cierto es que ésa es la impresión que me daban esa clase de narcolépticos. Podías verlos en las reuniones de la Asociación, con sus ojos vacíos mirando un punto indeterminado de la sala, un punto que a veces era yo pero que igual podría ser un elefante asiático ejecutando un asombroso número circense: la expresión de su cara no habría cambiado lo más mínimo. Podías verlos con la boca medio abierta, agarrados siempre al familiar que los acompañaba. A veces hablaban como borrachos. A veces alguno de ellos conseguía articular alguna frase con su lengua de trapo en la que se deshacía la enésima pastilla que había ingerido aquel día.

Hace tiempo que dejé de asistir a las reuniones pero apuesto a que ellos siguen yendo allí arrastrados por la ciega fe en la medicina de alguno de sus familiares.

Atiborrados de pastillas que sólo les sirven para aumentar su producción salival. Empachados a base de píldoras de todos los colores del arco iris que les queman el cerebro. A pesar de no retener ni una de las palabras que puedan pronunciar los expertos asistentes a las conferencias trimestrales, ellos estarán sentados babeando en el hombro de papá o mamá.

Mi caso es distinto. Puedo pasar días sin ataques. He llegado a estar una semana sin sufrirlos. Durante esos períodos asintomáticos soy una persona normal. Una persona normal sin trabajo, sin amigos y sin facilidad para las relaciones interpersonales, claro. Mi enfermedad hace muy difícil la vida social.

Pero encontré la manera de solucionarlo.

Al principio, durante un tiempo, usé chichonera. Cuando salía a la calle me ponía uno de esos cascos que usan los ciclistas. En realidad, llevaba ese casco a todas horas. Cuando me levantaba del sofá para ir a mear, me lo ponía. Me lo dieron en la Asociación, junto con unas coderas y unas rodilleras. Complementos de skater para gente enferma. Era un casco de fibra de carbono o algo así, naranja y amarillo. La gente intenta colorear tu vida cuando supone que estás mal, deprimido, triste. Padeces narcolepsia, a partir de ahora vas a pasar buena parte de tu tiempo en el suelo, ya sea en una floreada pradera o en unos aseos públicos… Así que, ya sabes, ponte una chichonera chillona y quizá todo vaya mejor.

Vivía en casa de mis padres.

Mi madre forró los bordes de todos los muebles de goma-espuma. Yo me dormía en cualquier lado y ella no dormía obsesionada con la idea de enmoquetar todo el suelo de la casa. Pero no teníamos dinero para hacerlo. De todas formas, ahora entiendo que fue mejor que no lo hiciera. Fue en mi casa donde empecé a perder el miedo al dolor y el miedo a morirme.

No es la autoconservación lo que te hace fuerte.

Si tienes miedo, no va a desaparecer escondiéndote.

Si tienes miedo a desplomarte de repente sobre la mesita de cristal de tu salón, si te asusta pensar qué clase de heridas te produciría semejante impacto, no lo vas a superar envolviendo la mesa en goma-espuma.

No es la autoconservación lo que te hace fuerte.

Me dije: sé inteligente: cura tus heridas después de hacértelas, no antes. Cuantas más veces caigas, cuantas más veces te hieras, menos te dolerá. Menos te asustará.

Y todo fue más fácil a partir del día en que me abrí la cabeza por primera vez.

Comprendí mi poder.

Ahora mi vida social es gratificante.

A menudo, como ahora, me tumbo en la cama y contemplo el techo y las paredes de mi habitación. Ya no me molesta tanto estar tumbado. Todas esas caras allí arriba dan sentido a mi vida. Las doscientas trece fotografías clavadas en el yeso muestran doscientas trece caras que me sonríen desde el cielo de mi habitación. Todas y cada una de ellas sonríe, y se nota que lo hacen sinceramente. Es lo menos que pueden hacer. Es cierto, dan sentido a mi vida, pero primero yo di sentido a las suyas.

El día que me abrí la cabeza por primera vez, fue por accidente.

Hacía seis meses que me habían diagnosticado mi “mal”. Así se refería mi madre al asunto. Hoy lo pienso y me asombra haber sido capaz de mantener mi cuerpo intacto durante medio año. Me asombra y me irrita: todo esto, esta gran obra, podría haber empezado medio año antes, pero fui un cobarde.

Estaba tumbado en el sofá y decidí incorporarme. Es difícil para un narcoléptico estar tumbado. Es como hacer voluntariamente aquello a lo que estás condenado. Es como si alguien que por alguna extraña razón fuera paralítico sólo la mitad del día, decidiera pasar la otra mitad sentado.

El día que me abrí la cabeza por vez primera, estaba tumbado. A oscuras. Intentaba dormir, hacer aquello para lo que la naturaleza me había dotado. Pero no lo conseguía; quería dormirme y era imposible.

Me puse nervioso y me incorporé. Sentado en el sofá con la cabeza entre mis manos, entonces, sufrí un ataque. Y caí de cara contra el suelo.

Cuando volví en mí tenía un pedacito de diente clavado en el labio superior. Lo supe porque, todavía medio en sueños y obedeciendo al impulso natural de aplicar saliva en las heridas, la punta de mi lengua se deslizó por el recién creado agujero de mi dentadura y palpó el cortante trocito de marfil incrustado en la carne. Incluso antes de abrir los ojos ya podía percibir el sabor salado de la sangre y me parecía estar tumbado sobre algo cálido y húmedo. Me levanté y pude ver que la hemorragia era abundante. En el suelo había un charco perfectamente redondo en el que caían y caían nuevas gotas y chorretones. Escupí: el pedazo de diente también cayó y se hundió en la mancha roja.

Todo esto me pareció llamativo, muy digno de atención, así que no reparé en mi nariz rota hasta que pasaron unos minutos y el dolor empezó a aumentar. Me miré en el espejo del cuarto de baño, iluminado asépticamente por los halógenos blancos que lo enmarcaban, y me quedé fascinado:

Tenía el tabique nasal desviado bastantes grados hacia la izquierda y unas moraduras empezaban a extenderse alrededor de los ojos como relámpagos en cámara lenta.

La sangre me pintaba la cara y la ropa de un intenso color rojo que era mate y oscuro en las zonas secas, y brillante allí donde la sangre seguía siendo líquida y resbaladiza.

Mi aspecto era infinitamente más saludable que mi palidez habitual. El rojo, el violeta, el azul en mi cara… Los colores de la sangre en sus diferentes formas emergiendo de mis orificios o aflorando a mi cara. En cualquier caso, saliéndome de dentro. La prueba evidente de que yo, para bien o para mal, aún estaba vivo.

Por primera vez en medio año recordé que yo era una persona.

Sonreí ampliamente porque me sentí bien. El diente roto se reflejó en el espejo. El hueco oscuro hacía que el resto de mi dentadura pareciera más blanca, que las piezas aún intactas parecieran perfectas. Sonreí un poco más.

A mi madre, en cambio, no pareció agradarle mi nuevo aspecto. Yo debía de estar tan absorto ante mi flamante look, que no la oí entrar en casa. Ni siquiera escuché el grito ayayay que, sin duda, tuvo que soltar al ver la nueva tonalidad del suelo del salón. Pero cuando abrió la puerta del cuarto de baño sí que vi la expresión de su cara, la manera en la que se le desencajó la boca y el modo en que sus ojos se partieron como platos sin soltar una sola lágrima. El rostro de mi madre, por vez primera desde hacía mucho tiempo, transmitía algo diferente a pena, tristeza, dolor y resignación. En aquel momento no supe leer con exactitud el significado de lo que se intuía en sus arrugas, en sus pupilas y en sus canas, pero sí entendí que era algo mucho mejor que la pena, la tristeza, el dolor y la resignación.

Lo que vi en ella era algo que nunca imaginé que podría volver a despertar en nadie: una mezcla de admiración y miedo.

Algo parecido al respeto.

Decidí prescindir del casco y seguir investigando.

Así empezó todo esto.

Por ejemplo, mi ficha número 60 corresponde a una mujer de mediana edad.

Nuestro encuentro se produjo en la parada del autobús nocturno 5. Era muy de madrugada y no había nadie más que nosotros. Nadie pasaba cerca, y estoy convencido de que la mujer temió que yo fuera un atracador, un violador o algo peor. Aferraba el bolso de polipiel en su regazo. Me miraba de reojo cada cinco segundos. Creo que le asustaban mis por entonces escasas cicatrices. Si me viera hoy…

En realidad, lo que más llamaba la atención es que llevaba una bolsa de la que sobresalían un par de zuecos de limpiadora. Y, sobre todo, que se le notaba hasta los huevos de coger el bus de madrugada.

El caso es que aquella noche yo había salido de mi casa sin rumbo específico. Acabé en aquel barrio como podía haber acabado en cualquier otro. Recuerdo que me encontraba ligeramente abatido: durante horas había deambulado por calles concurridas, buscando adeptos, pero el sueño no me había derribado. Así que aquella mujer era mi última oportunidad de redención. Lo pensé, y automáticamente intente liberarme de aquella idea, pues la experiencia me había demostrado sobradamente que mis muertes no se eligen, que se producen sin norma ni criterio, y que si me obsesiono con el deseo de dormirme/morirme en un lugar y momento determinados, nunca lo consigo.

Sin embargo, en aquella ocasión, mientras me enfurecía más y más conmigo mismo y con la jornada perdida y la perspectiva de volver a casa sin una nueva instantánea, sentí el hormigueo, el peso y en un instante el golpe como a cámara lenta del sueño oscureció todavía un poco más la ciudad.

Desperté boca arriba sobre el suelo humedecido por el rocío, con las estrellas intentando hacerse ver por encima de las farolas y la mujer abofeteándome, cada vez más fuerte, al tiempo que pedía ayuda médica a través de su teléfono móvil. Su mano, la que me tocaba, estaba fría, pero había calor en sus ojos. Calor humano. Para ella, el momento en que yo me había puesto enfermo, en que yo había dejado de respirar y de ver, mi muerte, había servido para transformarme de un delincuente nocturno en una persona merecedora de socorro, cariño, atención desinteresada.

Y se había quedado allí a mi lado, lamentado mi sufrimiento. Y agradecida. Sobre todo agradecida. Su día ya no sería tan cotidiano. Ya no le preocupaba llegar tarde a su trabajo de mierda. Un suceso inesperado y como de otro mundo le había hecho ver la verdadera importancia de las cosas, la intrascendencia de unas y la insondable complejidad de otras.

Me incorporé, le hice una foto y me largué cojeando.

Así que, no sé, si no tienes nada mejor que hacer desencadena tu muerte, en público, como una antigua ceremonia.

Sírvete del miedo que inspira para difundir la vida en toda su intensidad.

Anticípate a la tragedia. No la esperes: ve en su busca y, si puedes, búrlala y regresa precioso de entre sus zarpas. Ensangrentado. Desdentado. Perfecto.

Sacrifícate por los demás. Sacrifícate en el sentido más puro de la palabra. Hazles ver la suerte que tienen ellos, los que no están hechos polvo.

No se trata de ser un mártir. Más bien, un animador social. Como uno de esos payasos que recorren los hospitales infantiles, pero más elegante.

Sí, es algo parecido a un voluntariado social. Pero más directo, más inmediato. Sin intermediarios. Sin cuotas mensuales ni cartas de agradecimiento en tu buzón. Tu único reconocimiento: cientos de polaroids clavadas en la pared.

Sonrisas suspendidas en el aire.

Largas noches acompañado de felices rostros extraños.

09
Jun

Necesidades

Tengo que reconocer que hace unos años las cosas eran peores. Por ejemplo aquella noche. Llevaba sólo unos pocos días en una ciudad que no era la de siempre, que no era la mía. Aunque, a decir verdad, creo que por entonces yo ya no era de ningún sitio. El caso es que hacía frío y el aire empezó a cortarme las mejillas en cuanto oscureció. Luego se me entumecieron las articulaciones y al poco ya no me sentía los dedos. Y yo andaba con las manos debajo de los sobacos por un barrio muy extraño. Multitud de casas con jardín y luz en las ventanas. Algún que otro bloque de apartamentos. Ninguno de más de tres plantas. Todos de alto standing, a juzgar por los guardias de seguridad que los custodiaban viendo la tele y/o mirando revistas porno y bebiendo café humeante dentro de sus garitas. Ya digo, un barrio muy extraño: decenas y decenas de viviendas de lujo y hectáreas y hectáreas de césped recién cortado pero ni rastro de cajeros automáticos ni estaciones de metro en los que refugiarse de la ola de frío polar. Y, joder, tampoco un puto bar. En fin, algo inexplicable. Pero juro que cierto. Con todo, no me importaba una mierda el dolor de huesos ni los primeros síntomas de congelación en mi nariz y mis orejas. No buscaba un sitio caliente donde pasar la que, según había leído por la mañana en un periódico gratuito, iba a ser la noche más fría del año. Porque lo que de verdad me angustiaba era algo si cabe más físico. Llevaba horas necesitando ir al servicio. Al baño. Al aseo. Al retrete. Y el asunto era mucho más complejo que alejarse de los círculos de luz que caían de las farolas y mear en cualquier muro de los alrededores. Se trataba de palabras mayores. Vale, estaba oscuro y no había un alma por la calle. De cuando en cuando los faros de un coche centelleaban en la distancia hasta que doblaban una esquina o se metían en un garaje. Un par de veces oí cómo se abría la puerta de algún chalé y la voz de un amo llamaba a su perro. Vamos, Tyson, entra en casa antes de que se te congelen las pelotas, dijo un hombre al otro lado de un seto de minicipreses. Y poco más; ése era todo el movimiento. Lo que quiero decir es que probablemente nadie se habría enterado si me hubiera agachado con los pantalones por las rodillas entre dos coches o detrás de un árbol. Pero tenía la sensación de que eso marcaría un punto de inflexión en mi vida. Uno más. Quizá el último, el de no retorno. Así que, después de andar un rato más por las aceras con el culo apretado, acabé empujando una verja y llamando a un timbre. El ding-dong me pareció estruendoso. Miré hacia atrás por encima del hombro pero no capté ningún movimiento en la calle ni tras los visillos de las casas vecinas. Detrás de mí el mundo seguía tan distante y relativamente plácido u hostil como siempre, pero tal dato no me tranquilizó demasiado. Al fin y al cabo, supongo que es lógico sentir cierta vergüenza cuando estás en plena noche plantado frente a la puerta de madera de roble de un desconocido buscando la manera menos chocante de pedirle permiso para cagar en su cuarto de baño. Aunque, en realidad, hoy puedo decir que en aquellos momentos de apuro tampoco me preocupaba demasiado qué decir. Por alguna razón, durante los instantes que transcurrieron desde que pulsé el timbre hasta que la puerta empezó a abrirse lentamente acudieron a mi mente cosas de otra etapa de mi vida. Cosas, personas, ideas en las que no pensaba desde hacía años. Y de repente me parecieron necesidades tan básicas y urgentes como comer, dormir, follar o hacer lo que esperaba hacer en cuanto aquella puerta se cerrara a mi espalda. De pronto me resultó inconcebible haber pasado meses, años sin dedicarle un pensamiento a lo que una vez habitó mi vida. Y me sentí sucio y triste. Y solo. Tiempo después supe que buena parte de aquel mundo, lo que quedaba de él, aún buscaba mi rastro. Que todavía había gente que cada dos o tres meses colgaba una nueva tanda de carteles con mi foto y mi nombre en las farolas de las ciudades más importantes del país. Pero supongo que cuando me enteré ya era tarde para sentirme conmovido o agradecido. Sí, en aquel trance, ante aquella puerta extraña, habría dado cualquier cosa porque algo de todo aquello apareciera junto a mí y me rescatara. Pero, por supuesto, no sucedió nada por el estilo. Sencillamente, una anciana enjuta asomó su nariz aguileña y media gafa por el hueco que permitía la cadena de seguridad. Me miró de arriba a abajo y el modo en que frunció los labios reveló que no le gustaba demasiado lo que veía. Aun así, no dijo nada. Se limitó a observarme desde dentro de su refugio caliente y con váter. Así que fui yo el que abrió la boca: Buenas noches, señora, necesito usar su baño. Sólo se lo pensó un par de segundos. Descorrió la cadena y me dijo Al fondo a la derecha. Todos los muebles del aseo estaban cubiertos de pañitos de encaje. Había manchas verdosas de humedad en el techo, sobre la ducha. Y, allí sentado, me fijé sobre todo en que en el aire flotaba ese olor mezclado tan característico, tan desagradable: olor a gente vieja y a colonia para gente vieja. El tufo que desprenden las cosas que están a punto de desaparecer. Creo que fue una suerte, porque lo identifiqué con las imágenes que habían vuelto a mi mente unos minutos antes. Y me ayudó a apartarlas de mí para siempre. Hasta hoy.

05
Jun

Niños Prodigio, S.O.S.

Lucas Colocolo fue un niño prodigio. Con sólo cinco años ya había recorrido los platós de todo el país. Los canales de televisión se lo rifaban; era justo lo que necesitaban para llenar la parrilla de la sobremesa durante una buena temporada. Hasta que surgiera algo aún más bizarro. Así, a fuerza de horas y horas en antena, se convirtió en un rostro muy popular para las amas de casa, los desempleados, los jubilados y los ociosos. Para todo el mundo, en realidad.

Hay que reconocer que el talento de Lucas era asombroso. De hecho, y para frustración de productores y representantes, no ha vuelto a verse nada semejante. Dejó el listón muy alto. El niño salía a escena y se comportaba como un auténtico profesional, como si llevara toda la vida haciendo aquello. Nunca se le vio llorar. Ni una pataleta infantil. Sí, tenía un don. Dicen que antes los niños prodigio componían sinfonías mientras rellenaban cuadernos de sumas y restas. Otros se convertían en maestros del ajedrez antes de aprender a atarse los zapatos. Supongo que eran otros tiempos… El caso en que en el 2025 no había nada más que tele. Y ya se había explotado hasta la extenuación cualquier formato de Reality. Pero entonces apareció Lucas y revolucionó el mercado. Marcó un antes y un después en la Historia de TV. Aún hoy los productores dicen que bastaba con hacerle una breve prueba para ver cómo daba en cámara para saber que el crío había nacido para ser la estrella más brillante de ese mundo del espectáculo. Su enclenque cuerpecito de ciento diez centímetros de estatura llenaba la pantalla. Hechizaba a los telespectadores más que el mejor showman del mejor late-night.

He oído que llegaba al estudio con su padre, que siempre le asía firmemente por el pescuezo, conduciéndolo, llevándolo de aquí para allá, de contrato en contrato, de maquillaje al escenario, guiándolo con mano de hierro con su gran mano de carne y hueso. Hay quien dice que el don de Lucas tenía bastante que ver con la manera en que su padre lo había tocado desde nada más nacer. Nunca pudo demostrarse. Además, entonces a nadie le interesaba que la habilidad de Lucas dejara de ser un misterio de la naturaleza. Por eso ningún espectador pensaba demasiado en las posibles explicaciones de lo que veían con sus ojos expectantes cuando el niño aparecía en su televisor dispuesto a hacerles pasar un rato entretenido. Simplemente se sentaban en sus sofás removiendo sus tazas de café sin siquiera mirarlas, ansiosos por contemplar un nuevo capítulo del Show de Lucas.

Era grandioso.

Según parece, no había ningún guión. Al menos, el crío no estaba al corriente de lo que iban a hacerle ese día. A veces el presentador de turno le pedía que se tumbara. En otras ocasiones dos esbeltas azafatas le ataban una cuerda alrededor de los tobillos y lo colgaban del techo, a modo de saco de boxeo. Daba igual lo que le ordenaran; Lucas lo aceptaba sin rechistar, sin cambiar ni un instante la expresión vacía de su cara pálida. Ni el más mínimo temblor recorría su cuerpo. Sus ojos negros se fijaban en un punto cualquiera del set y se cosían a él hasta que la función acababa, permaneciendo siempre secos y abismales. Resultaba imposible saber lo que pasaba por su cabecita de niño de cinco años con dientes de leche que nunca enseñaba porque tampoco sonreía jamás. Quizá era precisamente su naturaleza enigmática lo que constituía su principal encanto. Hasta el espíritu más cruel se habría conmovido si Lucas hubiera llorado como cualquier otro mocoso cuando le hacían lo que le hacían. Pero su silencio y su pasividad le otorgaban un toque especial, casi sobrenatural, algo casi celestial que tranquilizaba las conciencias de los que veían sus actuaciones. Era como un dios niño, perfecto y sufrido, venido desde quién sabe dónde para cargar sobre sus hombros las miserias de los que le veían por la tele. Para hacerles olvidar durante unos minutos todo lo que no les gustaba de sus vidas. Al menos, eso es lo que yo creo.

Lo conocí una tarde a eso de las cinco. La casualidad quiso que ese Show de Lucas fuera el primero y el último que contemplara. Debía de ser un miércoles o un jueves. Yo estaba de resaca; había salido la noche anterior. En fin, vegetaba en el sofá haciendo zapping cuando apareció Lucas en la pantalla. En aquel momento yo ni siquiera conocía su nombre. Supongo que era uno de los pocos en todo el país que jamás hasta entonces había visto el programa. De todos modos, ¿quién quería saber nada de aquel chaval? Daba igual cómo se llamara y de dónde viniera. Lo importante era lo que hacía allí, plantado en medio del enorme plató de una televisión privada. Resultaba grotescamente hipnótico. Mientras una orquestina tocaba música caribeña, un grupo de famosos de medio pelo, que se reían mucho e intentaban parecer muy graciosos, lo desnudaron. Lucas se quedó en calzoncillos, blancos, infantiles, con una abertura en la parte delantera. Se apagaron los focos. Un instante después un cañón de luz envolvió su figura en un círculo cegador. Pero el niño ni siquiera parpadeó. Miraba al frente, directamente a la luz, como esperando que pasara algo. Y lo que pasó fue que, tras un redoble de tambores, un enorme hombre vestido de cuero y blandiendo un látigo de ocho cintas emergió desde la oscuridad que rodeaba todo lo que no era el círculo luminoso y empezó a flagelar al chaval. Con todas sus fuerzas. El público del programa jaleaba cada golpe. Todos aplaudían y lanzaban exclamaciones de ánimo, unas para Lucas y otras para su torturador, que tenía su nombre artístico tatuado en el antebrazo derecho: El Hombre del Saco. Al cabo de un rato dejó el látigo y se lió a patadas con el niño. Llevaba botas de acero. Lucas rodaba de aquí para allá, pringándolo todo. De vez en cuando el experimentado realizador intercalaba una repetición a cámara lenta de los mejores momentos del espectáculo. El preciso instante en que se rompía este o aquel hueso. Fracturas abiertas. Un par de dientes de leche volando por los aires entre saliva y sangre. El cráneo semihundido. Fueron diez minutos intensos. Pero desde entonces sólo emiten cosas así por pay per view. Y una ley estatal prohibió utilizar durante más de dos realities al mismo niño, mujer maltratada o discapacitado mental.

También, como siempre, alguien fundó una oenegé a raíz de su muerte. Un poco de sangre es divertido, pero la muerte no mola nada. Ése es su lema. Los modernos se ponen en las solapas chapitas con el eslogan.

03
Jun

OOPArts

OOPArt.- Acrónimo de “Out Of Place Artifact”: Objeto fuera de lugar.

Empezaba a oscurecer. Yo miraba por la ventana. La silueta de la zona financiera de la ciudad a lo lejos. Una nube de polución y rascacielos de hierro y cristal reflejando los últimos rayos del sol. Y un avión tomando altura. Pero esto es una pequeña urbanización a unos cuantos kilómetros de todo ese caos. Calles limpias y muy tranquilas. Lo bastante como para que el clinc-clinc del timbre de una bicicleta que pasa te haga acercarte a la ventana en busca de algo en movimiento. Algo que mirar. Por eso estaba ahí de pie, tomándome un café y contemplando el mundo exterior desde mi habitación.

Tenía la radio puesta. Un locutor de voz cavernosa hablaba de ovnis.

De orbes o esferas de luz.

Luego explicaba el cómo y porqué de apariciones espectrales y psicofonías. Ahora se las llama parafonías o EVP. Electronic Voice Phenomenon, decía como si fuera una información que nadie debiera ignorar.

Y después mencionaba la enésima teoría acerca de la Atlántida. Ubicación, época de esplendor, causa más plausible de su hundimiento.

Entonces vi que Jorge salía a su jardín arrastrando un saco de plástico. Eva atravesó la puerta trasera del chalet unos segundos después. Llevaba al niño en brazos. Creo que le ofreció su ayuda, pero Jorge la rechazó negando con la cabeza. Y madre e hijo volvieron al interior de la casa.

Son mis vecinos. Quiero pensar que aún son mis vecinos. Un matrimonio joven, sólo un par de años mayores que yo, y un niño.

Jorge dejó el fardo en medio del jardín y se puso a rebuscar en él. Cuando sacó las manos sujetaba una pala. Anduvo un rato por el césped. Despacio, balanceando la herramienta, trazando círculos en el aire. Miraba la hierba atentamente y de vez en cuando aplastaba con sus botas de trekking algún punto concreto. Con la punta, con el tacón. Luego se agachaba y arrancaba una mata de hierba para llevársela a la nariz. Recuerdo que cuando levantó la vista, sonrió y me saludó con la mano, empecé a sudar. En ese momento el tipo de la radio empezaba a hablar de los OOPArts.

La ciencia convencional los menosprecia, pero lo cierto es que hay catalogados más de 4.000, juraba el presentador.

OOPArt.- Acrónimo de “Out Of Place Artifact”: Objeto fuera de lugar.

Objetos hallados en contextos espaciotemporales imposibles.

Con los nervios latiéndome en las sienes vi cómo Jorge clavaba la pala en el césped y ahuecaba un poco de tierra. Un agujero pequeño. Un pequeño montículo. Supuse que para marcar el punto exacto en que seguir excavando más tarde, nada más. Luego hizo lo mismo en otros dos lugares de la parcela y se acercó de nuevo al saco. Extrajo una especie de tronquito de madera. Una simple rama, más bien, que se bifurcaba en tres extremidades. La del medio más larga y gruesa que las otras dos. Y me acordé de esa puta tradición. Por aquí, en la Noche de San Juan, los que no tienen nada mejor que hacer se distraen plantando una higuera. Pero nunca habría sospechado que mi vecino (y, después de varios años de compartir muro divisorio de jardín, ya medio amigo) fuera a amargarme la vida con su sorpresiva afición a la jardinería. Tras examinar la cepa un momento Jorge empezó a cortar las hojas con cuidado de dejar el pecíolo intacto.

La radio aseguraba que en 1927 se localizó en Belice una calavera de cristal de cuarzo sobre los restos de un altar maya. Que su pulido era perfecto. Exquisito. Ni la menor imperfección. Tanto que en una era pretecnológica un ser humano habría necesitado frotar y frotar el mineral durante ciento cincuenta años para lograr tal nivel de tersura.

Mientras, Jorge seguía deshojando las ramas que un día se convertirían en imponentes higueras de su jardín. Cuando hubo acabado con las tres se dirigió al pequeño cobertizo que hay en su terreno. Verlo desaparecer en su interior me calmó ligeramente. Me centré entonces en buscar alguna señal anormal dentro de la casa. Pero aparentemente todo estaba en orden. Eva ya había encendido las luces. De vez en cuando su silueta cruzaba cualquier ventana o sus movimientos proyectaban sombras tras los cristales. Señales de vida que me tranquilizaban. Además, si ella no se mostraba preocupada sería porque no había razón para estarlo. Con todo, no me encontraba lo bastante confiado como para dejar de escrutar los movimientos de Jorge. Apagué la luz y esperé a que saliera de la caseta. Lo hizo llevando una bolsa bajo el brazo. De papel plastificado, me pareció.

Y tras esta pausa para la publicidad, queridos oyentes, seguimos conversando sobre el fabuloso misterio de los OOPArts. Otro caso muy relevante es el de la célebre Batería de Bagdad, descubierta en 1939 por el arqueólogo alemán Wilhelm König. Se trata de una vasija de arcilla atravesada por un tubo de cobre, en cuyo interior encontramos una varilla de acero. Los expertos en la materia tardaron décadas en establecer una teoría aceptable acerca de la posible utilidad que en su día se le diera a este objeto. Hoy se cree que llenando el recipiente con algún electrolito -probablemente zumo de uvas, según los más recientes análisis- era capaz de funcionar como una pila eléctrica actual. Capaz no sólo de iluminar sino también de, incluso, galvanizar pequeñas piezas de metal vulgar, como las que se han encontrado a centenares en la antigua Babilonia. Asombroso.

Jorge se puso unos guantes de podar y metió las manazas en la bolsa y esparció unos polvos azulados sobre la parte inferior de las cepas. Hormonas enraizantes. Rooting Hormones, ponía en la bolsa en grandes letras amarillas. Y también se leía, en caracteres menores, Ácido Naftilacético. 4.000 partes x Millón. Al lado, una calavera negra que parecía mirarme se recortaba contra un cuadrado naranja. Mi vecino dejó cuidadosamente las ramas sobre el césped y se puso a la tarea de agrandar los hoyos que había empezado a excavar unos minutos antes.

La voz ronca de la radio seguía informando sobre cosas halladas en lugares inverosímiles. El planeador de Saqqara: figura de madera con forma de planeador desenterrada de una tumba del Valle de los Reyes. Un avión perfecto, con alas y alerones. Eso aseguraba el locutor. 2000 a.C. Y qué decir de la pieza de metal encontrada en un remonte de la localidad de Olancha, California, en 1961. Una bujía perfecta si no fuera porque el carbono14 le ha certificado una antigüedad de 50.000 años.

Cosas por el estilo eran lanzadas a las ondas desde esa emisora de mierda mientras Jorge trabajaba en su jardín, a escasos metros de mí y mis pensamientos. Aquel día le dije que me parecía una gilipollez, además de un riesgo innecesario. Que nadie puede librarse de sus errores de esa manera. Los errores viajan dentro de uno hasta que se muere. Si tanto te jode, le dije, confiésaselo en tu lecho de muerte o en el suyo. Entonces tendrá cosas más importantes de las que preocuparse y ya no le dolerá tanto. Pero ella no parecía dispuesta a esperar tanto tiempo. Dijo que necesitaba quitarse ese peso de encima. Y que le parecía una buena manera de hacerlo. Que estaba segura de que así podría seguir adelante sin vergüenza ni culpa.

En el jardín de la casa de al lado ya había plantadas dos higueras. Yo había estado observando con inquietud todo el proceso. Una vez profundizado el agujero hasta el medio metro, Jorge cogía una rama, se aseguraba de nuevo de que estuviera bien espolvoreada de hormonas y la introducía, curvándola ligeramente, en el hueco. Luego lo rellenaba y formaba con los pies una pequeña pirámide de tierra semihúmeda. Las ramas-tallos no sobresalían más de un palmo de la cima.

La putada se convierte en algo casi ridículo si la analizas fríamente. Porque sólo lo hicimos una vez. Coincidimos de vuelta a casa en ese autobús amarillo que sale hacia esta urbanización y al llegar subimos directamente a este cuarto. Se acababan de casar. La putada roza lo absurdo si un día ella te dice que está embarazada y que no tiene ni idea, que tú o él, qué sabe ella. Y justo nueve meses después de aquella coincidencia en el bus nace un niño. Así que supongo que es natural que Eva se volviera paranoica y no encontrara mejor manera de exorcizarse que poner toda la historia por escrito, rematarla con un triste punto final y enterrar el papel allí mismo, en su jardín, dentro de una caja de galletas. Un riesgo innecesario, ya digo.

Pero a Jorge ya sólo le quedaba una higuera por plantar; sería demasiada mala suerte. Cavaba con fuerza, con prisa. Por un instante me lo imaginé excavando mi propia tumba y mis nervios se convirtieron en miedo. Miedo bastante racional, por otra parte; supongo que es impredecible la reacción de un buen tipo al encontrar un maldito OOPArt bajo su césped. Cavó y cavó hasta que se detuvo en seco y extrajo la pala del agujero. Examinó su punta pasando el pulgar por el filo. Y luego volvió a introducir la pala en el hoyo, golpeando repetidas veces y suavemente lo que fuera que había llamado su atención allá en el fondo. Al poco se arrodilló frente a la boca oscura del pequeño precipicio y alargó los brazos hacia el interior. No pude ver qué, pues me daba la espalda, pero sé que algo sacó de allí. Porque se pasó más de una hora postrado ante el agujero, sin mover un músculo, sosteniendo algo en sus manos, la pala tirada a su lado.

El programa paranormal acabó. La súbita interrupción de la voz tétrica que había estado acompañándome durante mi espionaje me hizo reaccionar. Bajé casi corriendo a cerrar con llave mi puerta. Cuando volví a la ventana el jardín de mis vecinos estaba desierto. Y así ha seguido durante todos estos días. Todo el tiempo que no estoy en el trabajo me lo paso oculto tras las cortinas, vigilando la casa de Jorge, Eva y tal vez mi hijo. Pero sólo un par de veces he visto a Jorge regar sus tres higueras. Sin desprenderse ni un momento de su pala. Mira hacia mi ventana y me saluda con la mano. O con lo que lleva en la mano. No lo sé. El caso es que de los demás, ni rastro. Quiero pensar que aún son mis vecinos.

Pero los árboles crecen demasiado fuertes. Demasiado rápido.